De acuerdo con informes recientes, el gasto militar mundial superó los 2,8 billones de dólares en 2025, encadenando más de una década de crecimiento continuo. En ese escenario, América Latina se mantiene como un actor marginal en términos de inversión en armamento.
La región destina en promedio entre 1% y 1,5% de su producto interno bruto a defensa, muy por debajo de potencias como Estados Unidos, Rusia o los países de la OTAN. En términos absolutos, el gasto combinado de América Latina ronda los 70.000 millones de dólares anuales, una cifra que se ha mantenido relativamente estable en los últimos años pese al deterioro del entorno internacional.
A diferencia de otras regiones donde el gasto militar responde a dinámicas de competencia estratégica y proyección de poder, en América Latina la inversión en defensa está mayormente orientada a funciones internas. Estas incluyen control territorial, lucha contra el narcotráfico, seguridad fronteriza y gestión de crisis, más que el desarrollo de capacidades ofensivas o disuasivas a escala global.
Incluso en un contexto reciente de incremento del gasto militar en varias partes del mundo, América ha mostrado señales de desaceleración. En 2025, el gasto militar en el continente registró una caída cercana al 6,6%, influida en gran medida por ajustes en Estados Unidos, que concentra la mayor parte del gasto regional.
Dentro de América Latina, las variaciones son heterogéneas. Mientras Sudamérica registró incrementos moderados en el gasto, otras subregiones, como América Central, evidenciaron caídas significativas, reflejando restricciones fiscales y prioridades económicas más urgentes.
Este comportamiento responde a factores estructurales. La región enfrenta limitaciones fiscales, bajo crecimiento económico y demandas sociales que compiten directamente con el gasto en defensa. Además, la ausencia de conflictos interestatales de gran escala reduce la presión para incrementar los presupuestos militares.
El resultado es una América Latina con menor peso en el equilibrio militar global, pero también con un perfil menos expuesto a la carrera armamentista que hoy define a otras regiones. Sin embargo, en un entorno internacional cada vez más volátil, esta posición podría plantear desafíos en términos de capacidad de respuesta y autonomía estratégica en el mediano plazo.