Opinión

La austeridad como mensaje


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Por John Vladimir Bencosme Guzmán

El gobierno ha presentado un plan de ahorro por 40 mil millones de pesos. En apariencia, la señal es correcta: disciplina fiscal en un contexto internacional complejo. Pero cuando se examinan las medidas, queda claro que no es un plan estructural, más bien es un intento de administrar la percepción.

La diferencia es sustancial. Un plan de austeridad implica redefinir prioridades, corregir distorsiones y asumir costos políticos. Lo anunciado, en cambio, se concentra en recortes operativos: viáticos, combustible, eventos, publicidad. Son ajustes que pueden generar ahorros marginales, pero no transforman la estructura del gasto. No corrigen el problema.

El elemento central del anuncio, la reducción del financiamiento a los partidos políticos, ilustra mejor que nada esa lógica. No es una decisión que dependa del Ejecutivo. Está contenida en la ley. Para aplicarla, habría que modificar el marco legal. Presentarla como una medida inmediata no es solo impreciso. Es un indicio de que el objetivo principal es generar opinión pública.

La política pública no puede sostenerse en ese terreno. Porque el gasto público no se ordena con titulares. Se ordena enfrentando aquello que realmente pesa.

Ahí está el punto que el gobierno evita. El problema del gasto en la República Dominicana no se explica por los viáticos ni por el combustible. Se explica por la expansión sostenida del gasto corriente y por la falta de una estrategia clara de asignación de recursos. Según datos del CREES, solo en el último año la nómina pública se incrementó en más de 33 mil empleados, superando los 773 mil. Ese es un gasto permanente. Ese es el tipo de presión fiscal que condiciona el futuro. Y ese no aparece en el plan.

No es un detalle menor. Es la diferencia entre una política fiscal orientada a la sostenibilidad y una política diseñada para administrar coyunturas.

Tampoco se explica qué se hará con los recursos que se pretende ahorrar. Un ajuste serio no solo reduce, también reasigna. Define sectores prioritarios, fortalece áreas críticas y corrige ineficiencias. Aquí no hay nada de eso. Solo son cifras. Y quizas tengan un propósito, pero no lo anunciaron.

El contexto exigiría algo distinto. Si el propio gobierno reconoce presiones externas (que las hay) como el aumento del petróleo o las tensiones globales, la respuesta debería ser más estructural, no menos. En momentos de incertidumbre, lo que se espera es claridad en la estrategia fiscal, no una lista de medidas dispersas.

El problema de fondo es político. La austeridad real implica tomar decisiones que incomodan. Implica revisar la estructura del Estado, cuestionar inercias y redefinir el uso del poder presupuestario. No es una tarea técnica. Es una decisión de gobierno.

Y es ahí donde este anuncio se queda corto.

Porque intenta capturar el valor simbólico de la austeridad sin asumir su costo real. Intenta proyectar control sin ejercerlo plenamente. Intenta ordenar sin reorganizar.

La consecuencia es predecible. Se instala una narrativa de disciplina, pero el problema de fondo permanece intacto. Se genera un efecto inmediato, pero no una corrección sostenida.

La República Dominicana no necesita anuncios de austeridad. Necesita una política fiscal coherente. Una que entienda que el gasto no se reduce en los márgenes, sino en su estructura. Una que asuma que gobernar no es solo comunicar decisiones, sino ejecutarlas con consistencia.

Al final, la diferencia es sencilla. Un plan se ejecuta y produce resultados. Un mensaje solo busca generar una impresión. En este caso, lo anunciado no cambia el problema fiscal. Solo intenta cambiar la percepción sobre él.

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