Opinión

América Latina en la nueva guerra hegemónica


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Por Rachel Goldstein-Levi para Econodatos

Durante gran parte del siglo XX, América Latina vivió bajo la lógica de una sola influencia dominante: Estados Unidos. Hoy, el escenario es distinto. La región se encuentra atrapada en una disputa hegemónica entre Washington y Pekín que ya no es exclusivamente militar o ideológica, sino profundamente económica, tecnológica y comercial.

La diferencia con la Guerra Fría es sustancial. Esta vez, América Latina no enfrenta dos modelos cerrados y excluyentes. En cambio, se ha convertido en un territorio de competencia geoeconómica donde ambas potencias buscan asegurar cadenas de suministro, acceso a minerales estratégicos, influencia financiera, infraestructura y mercados de consumo.

China pasó, en apenas dos décadas, de ser un actor marginal a convertirse en el principal socio comercial de varios países sudamericanos, incluyendo Brasil, Chile y Perú. El comercio entre China y América Latina superó los US$500 mil millones en 2024, impulsado principalmente por exportaciones de cobre, soja, hierro y petróleo.

Estados Unidos, sin embargo, sigue siendo el principal inversionista en la región y mantiene una posición dominante en sectores estratégicos como servicios financieros, manufactura avanzada y cadenas industriales integradas, especialmente en México y Centroamérica.

El problema para América Latina es que esta rivalidad ocurre en un momento de debilidad estructural. La CEPAL proyecta que la región crecerá apenas 2,2 % en 2026, una cifra insuficiente para cerrar brechas sociales, reducir pobreza o acelerar procesos de industrialización.

La consecuencia es una paradoja. América Latina posee recursos críticos para la economía del futuro, pero sigue atrapada en un patrón exportador primario. La región vende materias primas y compra tecnología. Exporta litio, cobre y alimentos; importa inteligencia artificial, semiconductores y maquinaria avanzada.

Ese modelo genera ingresos en el corto plazo, pero limita el desarrollo de capacidades productivas propias. La experiencia histórica demuestra que depender exclusivamente de commodities vuelve a las economías vulnerables a ciclos externos, volatilidad de precios y desaceleraciones globales.

China ha sabido aprovechar esa estructura. Su estrategia combina financiamiento, infraestructura, comercio y tecnología. Pekín ha invertido en puertos, energía, transporte y minería bajo una lógica de largo plazo vinculada a la seguridad de suministros.

Estados Unidos, por su parte, intenta recuperar influencia mediante iniciativas de nearshoring y relocalización industrial. Washington busca trasladar cadenas de producción más cerca de su territorio para reducir dependencia de Asia y fortalecer seguridad económica.

México aparece como uno de los principales beneficiarios potenciales de ese proceso gracias al T-MEC y su integración manufacturera con Estados Unidos. Pero incluso allí existen riesgos. La incertidumbre política sobre el futuro del tratado, junto con tensiones migratorias y comerciales, amenaza parte de esa oportunidad.

Sudamérica enfrenta otro dilema. La creciente demanda china de minerales estratégicos y alimentos puede impulsar exportaciones, pero también profundizar una reprimarización económica. Países ricos en litio, cobre y tierras raras podrían experimentar crecimiento de ingresos sin necesariamente construir ecosistemas tecnológicos propios.

La batalla ya no gira únicamente alrededor del comercio. También se libra en sectores como inteligencia artificial, telecomunicaciones, energía renovable y control de infraestructura crítica. Los puertos, redes eléctricas, centros de datos y corredores logísticos se han convertido en activos geopolíticos.

En este contexto, América Latina corre el riesgo de convertirse nuevamente en una periferia funcional dentro de un nuevo orden global bipolar. No por imposición militar, sino por dependencia tecnológica y financiera.

Sin embargo, la región todavía posee margen de maniobra. La competencia entre China y Estados Unidos también abre oportunidades. El nearshoring puede atraer manufactura e inversión. La transición energética mundial aumenta el valor estratégico de minerales latinoamericanos. La fragmentación comercial global puede favorecer nuevas cadenas regionales de producción.

Pero aprovechar esas oportunidades requiere algo que históricamente ha sido escaso en la región: estrategia de largo plazo.

Sin inversión en educación técnica, infraestructura moderna, innovación y estabilidad institucional, América Latina seguirá ocupando el mismo lugar que ha tenido durante décadas en la economía mundial: proveedor de recursos para las potencias dominantes.

La disputa entre China y Estados Unidos definirá buena parte del siglo XXI. La pregunta central para América Latina no es con quién alinearse. La verdadera pregunta es si la región será capaz de construir suficiente fortaleza económica e institucional para no quedar subordinada a ninguno de los dos.

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